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Mensaje por Rock&Rose el Lun Abr 05, 2010 11:01 am



"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos."
William Shakespeare

Personajes

Agatha


Él


~·________

El viento del frio invierno coloraba mis mejillas, mi chaqueta de piel ya no calmaba la helada de aquel enero álgido. Metí mis manos en los bolsillos y escondí mi nariz debajo de la bufanda caminando por aquellas calles casi desiertas. Mi mirada se perdió entre las casas de aquel barrio solitario, vagando con mis ojos viendo pasar personas con escasez mirando por donde pisaba para no resbalar y caer. Una ancianita un tanto extraña pasó dirigiéndome una mirada capaz de helar el mismísimo infierno, nunca me habían gustado aquellas calles y hacia como diez años que mis pies no las pisaban, que mis ojos no las veían. Las mansiones victorianas se extendían alrededor de la vía, yo solo quería llegar a una de ellas y aun me quedaba camino por recorrer. Respiré profundamente el aire helado congelándome la nariz y volví a esconderla detrás de la bufanda.
Divise la verja de la casa a solo unos metros de mis pies, y me temblaron las manos mientras que sentía como el sudor frio se extendía por mi cuerpo. Me estremecí cuando ya casi podía tocarla, la vieja verja oxidada que daba entrada a una vieja casa victoriana degradada por el paso de los años en la cual hacia ya diez que no entraba nadie. Pasé mi mano por ella, sintiendo el frio de esta un frio más profundo del que se podía sentir a simple vista. La empujé levemente y el chirrido despertó mis oídos que llevaban horas sumidos en el más absoluto de los silencios. Pasé mis manos varias veces acariciando la cancela con la mirada perdida en la puerta roñosa de aquella casa antigua, casi derruida y complementada con maleza espesa e incontrolable. Di un paso hacia atrás cuando sentí que me estremecía con solo verla, los recuerdos inundaban mi mente solo con mirar aquella construcción realmente enorme, realmente antigua y llena de historia una historia un tanto trágica.
Tuve que ser valiente, mis pies caminaron hacia la puerta mientras mis dedos se chocaban con la extensa maleza que recorría el lugar, respiré con profundidad dejándome llevar por la magia o quizás el terror del lugar dando pasos sin pensar porque estaba segura que si pensaba saldría corriendo sin darme tiempo a cumplir mi cometido. Los enormes ventanales estaban completamente destrozados y mi corazón se estremecía a cada paso que daba.
Sentí como una espina de un rosal que andaba por allí arañó mi mano y me llevé la otra inconscientemente para intentar tapar la herida y ambas se mancharon de sangre en aquel momento aquello era lo menos importante. Caminé decidida y posé ambas manos en la puerta con delicadeza, sintiendo como mi cuerpo se estremecía desde la punta de mis dedos hasta llenarme el cuerpo por completo.
Nadie, absolutamente nadie se imaginaba lo que había pasado en aquella casa, aún estando abandonada, aún cuando huí de allí sin dar ninguna explicación nadie. Solo con un leve empujón la puerta se abrió chirriando para mi haciendo que mi corazón palpitara a mas de mil por hora, pocas veces había tenido yo aquella sensación, la ultima vez había sido exactamente en aquella casa. Di un paso adentrándome cada vez más en la casa, pasé mi mano por la puerta por última vez dejando en esta la sangre de mis manos con lentitud sin darme cuenta. Cuando estuve dentro la puerta se cerró de golpe tras de mí, un estruendo que hizo temblar toda la casa, me hizo temblar a mí. Me balanceé un poco hacia los lados mareada por aquel suceso que me aterrorizaba. Nadie, se imaginaba ni se imaginara nunca lo que aquella casa había significado, lo que en aquella casa había sucedido, todo era, era tan trágico que nadie nunca se lo figuraría nunca. Mis manos se pasearon por la estancia manchando de sangre las paredes heladas por el paso de los años. Levanté la vista lentamente para observar el lugar, aquel lugar que un día llamé hogar.
Las cortinas rojas, cerradas, dejaban pasar el aire ya que las ventanas estaban rotas misteriosamente. Los muebles estaban completamente tapados con sabanas del color de la nieve. Me estremecí y con un rápido movimiento de muñeca destapé el mueble donde estaban expuestas las fotos, la sabana se lleno de sangre cuando la toqué. Pasé mi mano por encima del mueble mezclando el polvo con mi flujo interno, se me congelaba el aliento y no hacia frio, aquel lugar era tan, extraño.
Me invadieron los recuerdos en un solo instante.
Tres hombres, encapuchados caminaban por la casa con urgencia, rompiendo todo lo que a su paso se encontraba.
Pasé mi mano de nuevo por una de las fotos, ahí estábamos él y yo, enamorados, amándonos, queriéndonos de verdad.
Aquellos hombres recorrieron la estancia destrozando todo a su paso mientras yo corría detrás de ellos pidiéndoles clemencia, perdón, humillándome, cosa que jamás había hecho, eso no importó.
Deje la foto sobre el mueble dirigiéndome hacia la ventana y corrí las cortinas mirando al exterior ¿Cuántas tardes había pasado yo mirando aquel hermoso jardín? Era realmente una belleza digna de admirar incluso ahora que la maleza se había comido todo lo hermoso que quedaba de él.
Les oía gritar y yo, detrás histérica lloraba, me arrodillaba y suplicaba, sentí como uno de ellos me apartó de un golpe aún así los seguí ellos, serios, agresivos, llegaron hasta la puerta del despacho de él, mi vida, lo único importante para mí.
La luz entraba por la ventana iluminando aquel hermoso y enorme salón. Mire hacia dentro y allí se encontraba todo tan y como lo había dejado, los jarrones rotos y los cuadros desgarrados, las fotos tiradas por el suelo y los cristales se clavaban en mis pies.
Ellos entraron de golpe abriendo la puerta mientras yo solo podía suplicar clemencia, no sirvió de nada, vi, con mis propios ojos vi como el primero de ellos clavaba un puñal de plata a mi marido, como le arrancaba la piel, como le apuñalaba una y otra vez, como le mataba.
Me mareé un poco antes de seguir recordando y me agarré a la mesa, esta cayó de golpe destrozada haciendo un gran estruendo y sentí un suave escalofrío por mi cuerpo.
La sangre brotaba por sus heridas y yo no hice nada para detenerles, me quedé mirando, como una idiota como le mataban, como desgarraban su piel y como disfrutaban con aquello. Huí eso fue lo último que hice, huir le deje solo, escuchando sus gritos de dolor, de suplica, sus gritos pidiéndome ayuda, y yo, me marché, dejándole morir, de eso ya, hacia diez años.
Caminé de nuevo por la estancia y subí las escaleras con cuidado estremeciéndome a cada paso que daba, temblando de frio. Toqué con mis dedos manchados de sangre la barandilla de la larga escalera, recordando cada paso que di ese mismo día hacia ya diez años.
Respiré profundamente el frio helado que entraba por las ventanas rotas por el paso del tiempo. Volví a caminar con sigilo tocado las puertas con la palma de mi mano levemente, los tacones resonaban por las viejas tablas de madera roídas y algunas de ella levantadas o bufadas por el contacto con el agua de las primaveras lluviosas.
Por fin, después de recorrer la estancia con lentitud llegué a la puerta de la que jamás debía haber salido. La puerta donde paso sus últimos segundos mi difunto marido. Ta toqué y de pronto un viento helado recorrió mi cuerpo haciéndome temblar de los pies hasta la cabeza, la puerta se abrió ante mí en un gran estruendo chocando con la pared contraria haciendo que se desprendiera una gran biga de madera. Di un salto hacia atrás pero me recupere de nuevo aun así algo extrañada por lo que acababa de presenciar, parecía que aquella casa quería que entrara allí. Respiré con profundidad y seria caminé hacia delante segura de mi misma cuando mi cuerpo cruzó el umbral de la puerta esta se cerró de golpe haciéndome temblar de nuevo.
La sala estaba tal y como la recordaba, el sillón en el medio, manchado de sangre, sangre seca, muchísima sangre seca. Sin miedo, sin asco, lo toqué estremeciéndome de nuevo, con los ojos cerrados.
Ese frio helado volvió a recorrer mi cuerpo haciéndome caer sobre el sillón de cuero rojo y un grito ahogado se escuchó en la estancia me quede petrificada agarrando con fuerza, calvando mis uñas en el reposabrazos.
-¡Maldita sea Agatha! – un grito que me dejo helada se escuchó de golpe seguido de un fuerte estruendo haciendo que una de las estanterías cayera casi sobre mí. Me levanté de golpe con los ojos abiertos como platos mientras el miedo ya corrompía mi cuerpo. La voz de mi marido tamborileaba en mi cabeza y sentía la necesidad de salir de allí corriendo, lo más rápido que mis pies me dejaran pero… por desgracia cuando mis manos tocaron el pomo de aquella maldita puerta este se desprendió quedando colgando en mis manos. Me estremecí y empecé a golpear la puerta con fuerza y de repente la oscuridad se adueñó del lugar sin darme tiempo a reaccionar. Su voz resonaba en mis oídos y el miedo se apoderó de mi cuerpo en un solo instante dejando que falleciera ante él. Ahora si que podía llegar a sentir que, por fin, mi hora había llegado.
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Rock&Rose

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